LA CITA DE MARCE CON LOBITO |
NOTAS:
1.-Ante la carencia de material fotográfico que ilustre el presente escrito, remito a mis cuatro lectores a los respectivos avatares de los personajes que aquí son mencionados. .
2.- La rola que que se alude en el relato es:
http://www.musicamp3.com/video/musica/ricardo_arjona/mnymdfdAmXU?f=videos/Mujeres_-_Ricardo_Arjona/
3.-Lobito acepta todo tipo de críticas incluso mentadas de madre y otras lindezas de ese tipo. Lo que tengan a bien comentar es bien recibido pues todo juicio o comentario, recibido con la pertinente humildad, es beneficioso y permite mejorar.
Por su atención, gracias.
CAPÍTULO 1
El tal Lobito se vistió esa tarde con la usual meticulosidad que siempre prestaba a su arreglo personal, especialmente, cuando estaba de por medio, la cita con una linda chica que prometía ser de pronóstico reservado. Se anudó, concienzudamente, la purpúrea corbata de seda italiana, se puso el traje azul oscuro y, mirándose al espejo confirmó que su larga y bien cuidada melena negra lucía adecuadamente con el resto de accesorios, tal como, la fina camisa blanca de corte europeo que se ajustaba perfectamente a su bien trabajado cuerpo de atleta, el ceñido pantalón de corte moderno que hacía resaltar sus musculosas piernas y los zapatos negros de fina piel y perfectamente lustrados; todo lo cual le daban un aspecto juvenil a la vez que el de un hombre de mundo acostumbrado a camuflarse tanto en las esferas bajas de la sociedad mexicana como en los altos y arrogantes ambientes de las más rancias sociedades aristocráticas del país.
Se colocó en su muñeca izquierda el fino reloj Rolex de oro que había adquirido en Tepito por una módica suma y la gruesa esclava del mismo metal en la derecha que, sabía, darían realce a su, ya de por sí, atrayente y varonil figura. Mientras se rociaba con su fina loción francesa, supo que, esa noche, sería una más de sus noches triunfadoras en cuanto a lides amorosas se refiere; se acarició suavemente su perfectamente rasurado mentón y miró sus grandes y expresivos ojos negros a través del espejo al tiempo que pensaba en la poco ortodoxa manera en que había conocido a la mujer con quien estaba a punto de tener un encuentro que, a juzgar por los hechos, prometía grandes satisfacciones en el terreno sensual, plano en el cual, este hombre se sentía a sus anchas o, como él mismo gustaba decir: en su elemento.
Lo extraño del caso era que se habían conocido a través de la Red, algo que ni él estaba preparado para aceptar pues siempre juzgó una tontería las relaciones amorosas a través de ese medio. Sin embargo, ahora estaba listo a lanzarse a una aventura sin precedentes en su vida de devaneos amorosos plagada de tantas y tan variadas conquistas de toda clase de féminas. A sus treinta y tres años, la edad de Cristo crucificado, y sin nada que perder sino al contrario todo por ganar, se sentía pleno de vitalidad, madurez y experiencia; así que, salió de su departamento enclavado éste en una zona de la clase media de la gran ciudad; departamento que él llamaba cariñosamente “mi cabaña” y, el cual, gracias a sus esfuerzos y a su habilidad financiera, estaba equipado con todas las comodidades que un hombre de mundo pudiera desear pues, al no ser un hombre rico, tenía que ingeniárselas para tener esas comodidades que, a la postre, servían para sus fines licenciosos al procurar placer a sus sentidos con cada nueva conquista femenina que lograba en sus correrías.
Bajó ágilmente por las escaleras del edificio, pues nunca utilizaba el ascensor, rumbo al estacionamiento donde se encontraba el auto que, con grandes esfuerzos y un buen contrato de financiamiento, como hay muchos en todas partes, había adquirido para dar realce a su enigmática personalidad. Abrió la portezuela del flamante vehículo japonés, montó en él, puso en marcha el poderoso motor de 2.3 litros y 158 caballos de fuerza que rugió al presionar el pedal del acelerador, se encendió automáticamente el sonido que dejó oír una rítmica balada pop…
“no sé quien las inventó…
no sé quien nos hizo ese favor…
tuvo que ser Dios
que vio al hombre tan solo
y sin dudarlo pensó en dos…
en dos…”,
subió el volumen a la música, se ajustó el cinturón de seguridad, abrió el quemacocos y arrancó con destino al lugar donde tendría la cita con Marce la simpática, descocada y extravagante chica de veintitantos años que había conocido en una de tantas páginas de Internet. Mientras manejaba con soltura esquivando autos a diestra y siniestra escuchaba la canción…
“dicen que fue una costilla,
hubiese dado mi columna vertebral…
por verlas andar
después de hacer el amor
hasta el tocador
y sin voltear…
sin voltear…
sin voltear”…
Y, en efecto, el tipo de marras era capaz de arriesgar casi todo por una hermosa mujer pues se consideraba un admirador nato de la belleza femenina por lo que estaba completamente de acuerdo con lo que escribió Casanova de Seingalt: “Al sentirme nacido para el bello sexo, siempre lo he amado y he hecho cuanto pude para ser amado”. Cavilando de esta guisa siguió conduciendo por las atestadas calles de la ciudad mientras de las bocinas fluía la voz del trovador…
“y si habitaran la luna
habría más astronautas que arenas en el mar,
más viajes al espacio que historias en un bar…
en un bar…
por qué negar
que son lo mejor que se puso en este lugar…
Por primera vez se había extraviado en esa ancha avenida de información yendo a parar a un portal en el cual se había enredado en esta extraña pero emocionante empresa y no sabía, a ciencia cierta, lo que podría depararle el destino esa noche pues tal evento no dejaba de ser peligroso en muchos sentidos. Pensaba en los riesgos a los que estaba expuesto y que no debería tomar a la ligera, meditando en ellos y calculando, al mismo tiempo, sus posibilidades de éxito aunque sabía, de antemano, que la suerte era un factor fundamental en todo ello, ya que, podría darse el caso de que se le presentara, en el mejor de los casos, una mujer poco o nada atractiva y de edad avanzada o algo por el estilo a la que tendría que soportar el tiempo necesario para dar el esquinazo oportunamente tratando de no herir la susceptibilidad de la interfecta o, caso peor, el que se encontrara con un ser de gustos abyectos y de sexualidad indefinida, incidente en el cual pondría pies en polvorosa inmediatamente mandando muy lejos la tal susceptibilidad del ser amorfo en cuestión. O, tal vez, se encontrara en una emboscada para robarlo utilizando los ladrones la consabida táctica del gancho o sebo que no es más que una hermosa dama para llevarlo a un lugar solitario y dejarlo en pelotas despojándolo de todo lo que llevara encima de valor, auto incluido, amén de, tal vez, propinarle una golpiza, que Dios guarde la hora, pues podrían desfigurarle el rostro y romperle los huesos dejándolo en calidad de vendedor de billetes de lotería. Y lo tendría merecido, pensaba calmadamente, por calenturiento y avorazado como había sido siempre en cuestiones de faldas; sin embargo, en ocasiones anteriores, se había jugado el todo por el todo cuando la presa era de valía y siempre había salido avante sin siquiera un rasguño y sí con la cara y el pene radiantes de satisfacción. Ahora no podría ser diferente pues confiaba en su buena estrella y su sagacidad para detectar, a la primera evidencia, el peligro y, más aún, siendo un tipo avezado a resolver tales contingencias, éste era un suceso de rutina en su larga carrera como admirador y usurpador de los deliquios que ofrece la belleza femenina. Además, elucubraba para sus adentros, como dice, atinadamente, el gran poeta urbano Ricardo Arjona, originario de la hermana república de Guatemala, en esta melodía, nada hay que un hombre no deba hacer por el amor de una mujer…
“mujeres,
lo que nos pidan podemos,
si no podemos no existe
y si no existe lo inventamos por ustedes…
mujeres…
qué hubiera escrito Neruda,
qué habría pintado Picasso
si no existieran musas como ustedes
mujeres…
mujeres…”
El sol se asomaba tímidamente en lontananza lanzando reflejos naranjas que preludiaban la noche que se acercaba rápidamente. Faltaban diez minutos para las siete de esa tarde de viernes refrescada por un suave pero persistente viento del este que barría, desde la mañana, la ciudad entera, limpiando la atmósfera de la inmunda polución que los sufridos capitalinos respiraban a diario. El bosque de Aragón se hallaba relativamente cerca de su apartamento y sólo tuvo que rodear la amplia avenida Oceanía girando a la izquierda en el primer retorno que se encontraba un poco más al norte de la avenida Taxímetros para dirigirse, directamente, hacia el lugar de la cita. Aminoró la marcha pues se hallaba muy cerca de su objetivo: la entrada principal del bosque de Aragón frente a la estación del Metro del mismo nombre. Allí debería encontrarse con Marce que llegaba desde Puebla, estado de la República Mexicana situado a una distancia de alrededor de dos horas de camino en autobús porque, según pensaba Lobito, a ella tal vez le desagradara manejar en la saturada Ciudad de los Palacios prefiriendo abordar un autobús y eludir los problemas viales.
Su llamativo reloj marcaba las siete en punto cuando dobló, lentamente, a la derecha para ocupar un lugar en el casi desierto estacionamiento que a la vez funcionaba como paradero de autobuses urbanos. Pudo ver a varias personas esperando precisamente los colectivos y él paseó su tranquila mirada tratando de ubicar a una chica vestida con un traje sastre de color vino con una pañoleta blanca anudada al cuello pues tal era la clave que habían establecido ambos para reconocerse, ella a su vez, lo reconocería por el color y las características de la vestimenta que portaba ese día.
Quedó verdaderamente sorprendido al reconocerla inmediatamente felicitándose de la buena fortuna que siempre lo seguía a todas partes y creyéndose un privilegiado del cielo al ser bendecido tantas y repetidas veces en sus andanzas amorosas y, no pudiendo dar crédito a lo que sus ávidos ojos veían, se dispuso a bajar del automóvil y abordar a la dama inmediatamente cuando, de golpe, vinieron a su mente las cavilaciones de prudencia que siempre le asaltaban cuando se encontraba en terreno todavía no conocido claramente por él. Se detuvo un momento observando a su alrededor cualquier signo de amenaza que pudiera entorpecer sus planes y al hallar todo en calma bajó del coche y se acercó con paso seguro a Marce que estaba situada a unos veinte pasos de distancia.
Se detuvo a poca distancia de ella que, absorta en la contemplación del paso de los vehículos, no se había percatado de su presencia, la contempló a sus anchas y pudo observar las prominentes y seductoras caderas que ya conocía en el avatar que ella utilizaba en la página de la red puesto que era la única imagen que tenía dado que no habían intercambiado fotografías y la cita era, prácticamente, a ciegas en razón de que sólo habían utilizado mensajes de texto como lo son los correos y los chats porque, de hecho, ni sus voces se conocían. Marce iba vestida tal como habían acordado y el traje le favorecía a su bien conformado físico y el lobo pudo ver la estilizada figura de una chica de mediana estatura de veintidós años a lo más, su talle esbelto parecía el de una ninfa de los bosques; tenía una cabellera soberbia del color del trigo y un cutis terso como una rosa; además, pudo observar los más bellos ojos color miel que parecían llenos de espíritu y fuego, con grandes párpados y cejas tan bien curvadas que parecían declarar la guerra a todos los que pretendiesen la conquista de tantos encantos; su bien conformada espalda no iba a la zaga de sus demás atributos físicos pues su erguida postura le daba un excelso toque de distinción rematando en las dos prominencias posteriores que empezaban a hacerle hervir la sangre en las venas de tan sólo imaginar el momento en que pudiera tenerlas a su disposición; también, en la perspectiva en que se encontraban ambos, él pudo observar , de perfil, la suave y pronunciada curvatura de sus de sus bien dotados senos que desafiando altivamente la gravedad se erguían provocadores a tan escrutadoras miradas; pudo ver, también, porque la falda del traje llegaba arriba de las rodillas, las bien torneadas pantorrillas que partían de dos lindos y pequeños pies enfundados en suaves y graciosas zapatillas de piel de ante y unidas a dos sensuales y macizas piernas que se atisbaban apenas bajo dicha falda; observó con deleite las gráciles y pequeñas manos blancas con sus uñas bien cuidadas y no se le escapó, al examen, su plano abdomen y , entonces, ante la vista de todo lo antes expuesto sintió un impulso sensual que le llegó hasta la base misma de sus testículos proporcionándole una agradable erección involuntaria que procuró controlar al tiempo que avanzaba hasta el lugar mismo en que ella se encontraba.
Sin previo aviso se aproximó hasta estar frente a frente con ella y, mirándola fijamente a los ojos sin parpadear, le dijo con voz seductora:
- Tienes los ojos más hermosos que he visto en mi vida ¡permíteme besarlos!
La bella se sonrojó al tiempo que paseaba su mirada, discretamente, por el individuo que tenía frente a sí pareciendo sopesar, calmosamente, lo que habría de hacer a continuación. Una leve y sutil sonrisa se dibujó en su agraciado rostro dándole el toque de una diosa terrenal que hizo subir la temperatura corporal del endiablado Lobito. Ella contestó, con la más melodiosa y sensual voz que ser humano pueda imaginarse:
-¿Sólo mis ojos?
El tierno lobo, por un momento, anonadado por la súbita e inesperada respuesta, no supo que decir pero, rehaciéndose rápidamente e intentado no perder el control de la situación, repuso:
-Eso sería suficiente para subir al cielo pero no puedo aceptar que me conformaría después de ver lo que he visto.
Pensó que tendría que aplazar el momento del goce supremo, que ya imaginaba suyo, teniendo que hacer labor y llevarla primero a un restaurante a cenar y a bailar y cosas de ese estilo para aflojar la tensión y romper el hielo que se forma entre dos recién conocidos… pensó en la pérdida de tiempo que significaba, en esos álgidos momentos, el tener que trabar una serie de largas conversaciones acerca de tópicos sin interés tendientes a conocer datos mutuos de la vida de ambos ya que su impaciencia por tenerla rendida entre sus brazos se acrecentaba a cada segundo que transcurría. Sin embargo, por enésima vez, la buena estrella del lobo apareció en la voz musical de la gentil dama allanándole el camino y facilitándole las cosas:
-Podrías invitarme una copa en un lugar en donde no haya miradas indiscretas…
Eso era todo lo que esperaba el disoluto individuo para acelerar el proceso e ir directo al meollo del asunto o, como su abuelito bien decía: “a lo que te truje Chencha” y, como hombre práctico que era, ya se relamía los bigotes de gusto ante el inevitable encontronazo sexual que se avecinaba. En ese momento rememoró la frase que había leído en el perfil de la bella en el citado portal de internet: “Soy una pervertida y me encanta…” llegando a la conclusión de que a la chicuela estarían ya “quemándosele las habas” por estar a solas con él y no perdiendo el tiempo en amabilidades que no iban con su personalidad directa y, más aún, siendo licenciada en economía debía economizar el tiempo cosa que agradaba al libertino individuo pues así la tendría en sus manos prontamente. Lo que no acertaba a comprender era que, siendo una economista, diera muestras de tal derroche porque sus dos prominencias traseras no hablaban, precisamente, de economías pues estaban tan frondosas y tan bien proporcionadas que, en vivo y a todo color, lucían todavía más fantásticas que en la foto de su avatar y eso que aún las miraba cubiertas por la ajustada falda que hacían de ello un espectáculo digno de ver y aprobar por el más desenfrenado conocedor de hembras de verdad.
Con un ademán la invitó a subir a su auto y, abriendo la portezuela galantemente, mientras ella subía, pudo observar las casi perfectas formas de su cuerpo y, al momento, sintió una agradable punzada en la entrepierna que anticipaba los goces que ya veía venir. Rodeó el carro acomodándose el paquete para que no le estorbara al sentarse en el asiento del conductor pues tal era la excitación que sentía por la hermosa mujer que llevaba a bordo. Esto le hizo recordar las sabias palabras que un experto en sexualidad cierta ocasión le dijo: “no se debe llegar caliente a la cama” y, esta vez, no pudiendo evitarlo se consoló con el pensamiento de que su control mental siempre lo había sacado de apuros. Hizo girar la llave del encendido al tiempo que se cerraban, automáticamente, los seguros de las puertas. Antes de abandonar el aparcamiento tuvo la suficiente lucidez de verificar a través de los espejos que nadie los seguía pues la noche había caído sobre la urbe más grande del mundo y era cómplice de las deliciosas maquinaciones del malvado lobo; así que, para evitar cualquier eventualidad, tomó un camino distinto al de su cabaña haciendo un largo rodeo, atisbando siempre por los espejos, para, finalmente tomar el rumbo correcto de su meta. Marce se mantuvo callada el tiempo que duró el trayecto cosa que le sorprendió grandemente porque en el chat no paraba de hablar como toda linda mujercita. No se preguntaron sus nombres puesto que ya los sabían, no se cuestionaron de dónde eran oriundos porque también estaban enterados, no indagaron otras cuestiones, tal vez, porque estaban ambos demasiado ocupados en pensar sobre lo que debería ocurrir en seguida… únicamente el lobo pronunció frases que a ella le gustaba oír en el susodicho portal de Internet mientras ella escuchaba atentamente y con los ojos muy abiertos las locuras que salían de la boca del malhadado sujeto esbozando una ligera sonrisa de diversión y estupor pues él le decía que la conocía desde mucho antes de verla físicamente… ella le sonreía y callaba.
Arribaron al parqueadero del edificio cuando las sombras de la noche ya se habían apoderado de la metrópoli, estacionó el coche y, muy solícito, bajó rápidamente y le abrió la puerta tendiéndole la mano galantemente. Ella se apeó e irguió su imponente belleza de mujer en sazón arrancando una exclamación de arrobo al Lobito. Se encaminaron tomados del brazo hacia la entrada del edificio y él la condujo hacia el ascensor; tuvieron que esperar unos segundos antes de que se abriera la puerta de éste y bajaran cuatro sujetos que miraron descaradamente a la guapa mujer haciendo, al alejarse, comentarios sobre la hermosura física de la chica. No se incomodó pues le halagaba el que los vecinos del edificio lo vieran con aquel monumento de mujer. En ese instante tuvo la ocurrencia de decirle a la chica que el elevador no funcionaba correctamente y que, por consiguiente, era arriesgado utilizarlo antes de que vinieran los técnicos a revisarlo. Instó a Marce a usar la escalera para subir a su departamento y se dirigieron hacia ella. La estratagema funcionó de maravilla pues al ser la escalera angosta ella fue delante y nuestro impetuoso personaje pudo admirar la parte posterior de la dama mientras ésta salvaba peldaño a peldaño la larga escalinata. Se regocijó con la vista de los atributos posteriores que sólo había observado en la foto de su avatar en el sitio de Internet y, a la vez, aprobaba y daba crédito a la cámara que había captado tan soberbia imagen pero, en su opinión, si se podía, estaba de acuerdo en que, mirar en persona las tales prominencias traseras, era una cuestión más contundente y sublime que la imagen antes aludida. Descaradamente veía las macizas piernas enfundadas en medias negras moviéndose a tan cercana distancia que, tal panorama, aceleró el corazón del concupiscente lobo…
CONTINUARÁ...
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1.-Ante la carencia de material fotográfico que ilustre el presente escrito, remito a mis cuatro lectores a los respectivos avatares de los personajes que aquí son mencionados. .
2.- La rola que que se alude en el relato es:
http://www.musicamp3.com/video/musica/ricardo_arjona/mnymdfdAmXU?f=videos/Mujeres_-_Ricardo_Arjona/
3.-Lobito acepta todo tipo de críticas incluso mentadas de madre y otras lindezas de ese tipo. Lo que tengan a bien comentar es bien recibido pues todo juicio o comentario, recibido con la pertinente humildad, es beneficioso y permite mejorar.
Por su atención, gracias.
CAPÍTULO 1
El tal Lobito se vistió esa tarde con la usual meticulosidad que siempre prestaba a su arreglo personal, especialmente, cuando estaba de por medio, la cita con una linda chica que prometía ser de pronóstico reservado. Se anudó, concienzudamente, la purpúrea corbata de seda italiana, se puso el traje azul oscuro y, mirándose al espejo confirmó que su larga y bien cuidada melena negra lucía adecuadamente con el resto de accesorios, tal como, la fina camisa blanca de corte europeo que se ajustaba perfectamente a su bien trabajado cuerpo de atleta, el ceñido pantalón de corte moderno que hacía resaltar sus musculosas piernas y los zapatos negros de fina piel y perfectamente lustrados; todo lo cual le daban un aspecto juvenil a la vez que el de un hombre de mundo acostumbrado a camuflarse tanto en las esferas bajas de la sociedad mexicana como en los altos y arrogantes ambientes de las más rancias sociedades aristocráticas del país.
Se colocó en su muñeca izquierda el fino reloj Rolex de oro que había adquirido en Tepito por una módica suma y la gruesa esclava del mismo metal en la derecha que, sabía, darían realce a su, ya de por sí, atrayente y varonil figura. Mientras se rociaba con su fina loción francesa, supo que, esa noche, sería una más de sus noches triunfadoras en cuanto a lides amorosas se refiere; se acarició suavemente su perfectamente rasurado mentón y miró sus grandes y expresivos ojos negros a través del espejo al tiempo que pensaba en la poco ortodoxa manera en que había conocido a la mujer con quien estaba a punto de tener un encuentro que, a juzgar por los hechos, prometía grandes satisfacciones en el terreno sensual, plano en el cual, este hombre se sentía a sus anchas o, como él mismo gustaba decir: en su elemento.
Lo extraño del caso era que se habían conocido a través de la Red, algo que ni él estaba preparado para aceptar pues siempre juzgó una tontería las relaciones amorosas a través de ese medio. Sin embargo, ahora estaba listo a lanzarse a una aventura sin precedentes en su vida de devaneos amorosos plagada de tantas y tan variadas conquistas de toda clase de féminas. A sus treinta y tres años, la edad de Cristo crucificado, y sin nada que perder sino al contrario todo por ganar, se sentía pleno de vitalidad, madurez y experiencia; así que, salió de su departamento enclavado éste en una zona de la clase media de la gran ciudad; departamento que él llamaba cariñosamente “mi cabaña” y, el cual, gracias a sus esfuerzos y a su habilidad financiera, estaba equipado con todas las comodidades que un hombre de mundo pudiera desear pues, al no ser un hombre rico, tenía que ingeniárselas para tener esas comodidades que, a la postre, servían para sus fines licenciosos al procurar placer a sus sentidos con cada nueva conquista femenina que lograba en sus correrías.
Bajó ágilmente por las escaleras del edificio, pues nunca utilizaba el ascensor, rumbo al estacionamiento donde se encontraba el auto que, con grandes esfuerzos y un buen contrato de financiamiento, como hay muchos en todas partes, había adquirido para dar realce a su enigmática personalidad. Abrió la portezuela del flamante vehículo japonés, montó en él, puso en marcha el poderoso motor de 2.3 litros y 158 caballos de fuerza que rugió al presionar el pedal del acelerador, se encendió automáticamente el sonido que dejó oír una rítmica balada pop…
“no sé quien las inventó…
no sé quien nos hizo ese favor…
tuvo que ser Dios
que vio al hombre tan solo
y sin dudarlo pensó en dos…
en dos…”,
subió el volumen a la música, se ajustó el cinturón de seguridad, abrió el quemacocos y arrancó con destino al lugar donde tendría la cita con Marce la simpática, descocada y extravagante chica de veintitantos años que había conocido en una de tantas páginas de Internet. Mientras manejaba con soltura esquivando autos a diestra y siniestra escuchaba la canción…
“dicen que fue una costilla,
hubiese dado mi columna vertebral…
por verlas andar
después de hacer el amor
hasta el tocador
y sin voltear…
sin voltear…
sin voltear”…
Y, en efecto, el tipo de marras era capaz de arriesgar casi todo por una hermosa mujer pues se consideraba un admirador nato de la belleza femenina por lo que estaba completamente de acuerdo con lo que escribió Casanova de Seingalt: “Al sentirme nacido para el bello sexo, siempre lo he amado y he hecho cuanto pude para ser amado”. Cavilando de esta guisa siguió conduciendo por las atestadas calles de la ciudad mientras de las bocinas fluía la voz del trovador…
“y si habitaran la luna
habría más astronautas que arenas en el mar,
más viajes al espacio que historias en un bar…
en un bar…
por qué negar
que son lo mejor que se puso en este lugar…
Por primera vez se había extraviado en esa ancha avenida de información yendo a parar a un portal en el cual se había enredado en esta extraña pero emocionante empresa y no sabía, a ciencia cierta, lo que podría depararle el destino esa noche pues tal evento no dejaba de ser peligroso en muchos sentidos. Pensaba en los riesgos a los que estaba expuesto y que no debería tomar a la ligera, meditando en ellos y calculando, al mismo tiempo, sus posibilidades de éxito aunque sabía, de antemano, que la suerte era un factor fundamental en todo ello, ya que, podría darse el caso de que se le presentara, en el mejor de los casos, una mujer poco o nada atractiva y de edad avanzada o algo por el estilo a la que tendría que soportar el tiempo necesario para dar el esquinazo oportunamente tratando de no herir la susceptibilidad de la interfecta o, caso peor, el que se encontrara con un ser de gustos abyectos y de sexualidad indefinida, incidente en el cual pondría pies en polvorosa inmediatamente mandando muy lejos la tal susceptibilidad del ser amorfo en cuestión. O, tal vez, se encontrara en una emboscada para robarlo utilizando los ladrones la consabida táctica del gancho o sebo que no es más que una hermosa dama para llevarlo a un lugar solitario y dejarlo en pelotas despojándolo de todo lo que llevara encima de valor, auto incluido, amén de, tal vez, propinarle una golpiza, que Dios guarde la hora, pues podrían desfigurarle el rostro y romperle los huesos dejándolo en calidad de vendedor de billetes de lotería. Y lo tendría merecido, pensaba calmadamente, por calenturiento y avorazado como había sido siempre en cuestiones de faldas; sin embargo, en ocasiones anteriores, se había jugado el todo por el todo cuando la presa era de valía y siempre había salido avante sin siquiera un rasguño y sí con la cara y el pene radiantes de satisfacción. Ahora no podría ser diferente pues confiaba en su buena estrella y su sagacidad para detectar, a la primera evidencia, el peligro y, más aún, siendo un tipo avezado a resolver tales contingencias, éste era un suceso de rutina en su larga carrera como admirador y usurpador de los deliquios que ofrece la belleza femenina. Además, elucubraba para sus adentros, como dice, atinadamente, el gran poeta urbano Ricardo Arjona, originario de la hermana república de Guatemala, en esta melodía, nada hay que un hombre no deba hacer por el amor de una mujer…
“mujeres,
lo que nos pidan podemos,
si no podemos no existe
y si no existe lo inventamos por ustedes…
mujeres…
qué hubiera escrito Neruda,
qué habría pintado Picasso
si no existieran musas como ustedes
mujeres…
mujeres…”
El sol se asomaba tímidamente en lontananza lanzando reflejos naranjas que preludiaban la noche que se acercaba rápidamente. Faltaban diez minutos para las siete de esa tarde de viernes refrescada por un suave pero persistente viento del este que barría, desde la mañana, la ciudad entera, limpiando la atmósfera de la inmunda polución que los sufridos capitalinos respiraban a diario. El bosque de Aragón se hallaba relativamente cerca de su apartamento y sólo tuvo que rodear la amplia avenida Oceanía girando a la izquierda en el primer retorno que se encontraba un poco más al norte de la avenida Taxímetros para dirigirse, directamente, hacia el lugar de la cita. Aminoró la marcha pues se hallaba muy cerca de su objetivo: la entrada principal del bosque de Aragón frente a la estación del Metro del mismo nombre. Allí debería encontrarse con Marce que llegaba desde Puebla, estado de la República Mexicana situado a una distancia de alrededor de dos horas de camino en autobús porque, según pensaba Lobito, a ella tal vez le desagradara manejar en la saturada Ciudad de los Palacios prefiriendo abordar un autobús y eludir los problemas viales.
Su llamativo reloj marcaba las siete en punto cuando dobló, lentamente, a la derecha para ocupar un lugar en el casi desierto estacionamiento que a la vez funcionaba como paradero de autobuses urbanos. Pudo ver a varias personas esperando precisamente los colectivos y él paseó su tranquila mirada tratando de ubicar a una chica vestida con un traje sastre de color vino con una pañoleta blanca anudada al cuello pues tal era la clave que habían establecido ambos para reconocerse, ella a su vez, lo reconocería por el color y las características de la vestimenta que portaba ese día.
Quedó verdaderamente sorprendido al reconocerla inmediatamente felicitándose de la buena fortuna que siempre lo seguía a todas partes y creyéndose un privilegiado del cielo al ser bendecido tantas y repetidas veces en sus andanzas amorosas y, no pudiendo dar crédito a lo que sus ávidos ojos veían, se dispuso a bajar del automóvil y abordar a la dama inmediatamente cuando, de golpe, vinieron a su mente las cavilaciones de prudencia que siempre le asaltaban cuando se encontraba en terreno todavía no conocido claramente por él. Se detuvo un momento observando a su alrededor cualquier signo de amenaza que pudiera entorpecer sus planes y al hallar todo en calma bajó del coche y se acercó con paso seguro a Marce que estaba situada a unos veinte pasos de distancia.
Se detuvo a poca distancia de ella que, absorta en la contemplación del paso de los vehículos, no se había percatado de su presencia, la contempló a sus anchas y pudo observar las prominentes y seductoras caderas que ya conocía en el avatar que ella utilizaba en la página de la red puesto que era la única imagen que tenía dado que no habían intercambiado fotografías y la cita era, prácticamente, a ciegas en razón de que sólo habían utilizado mensajes de texto como lo son los correos y los chats porque, de hecho, ni sus voces se conocían. Marce iba vestida tal como habían acordado y el traje le favorecía a su bien conformado físico y el lobo pudo ver la estilizada figura de una chica de mediana estatura de veintidós años a lo más, su talle esbelto parecía el de una ninfa de los bosques; tenía una cabellera soberbia del color del trigo y un cutis terso como una rosa; además, pudo observar los más bellos ojos color miel que parecían llenos de espíritu y fuego, con grandes párpados y cejas tan bien curvadas que parecían declarar la guerra a todos los que pretendiesen la conquista de tantos encantos; su bien conformada espalda no iba a la zaga de sus demás atributos físicos pues su erguida postura le daba un excelso toque de distinción rematando en las dos prominencias posteriores que empezaban a hacerle hervir la sangre en las venas de tan sólo imaginar el momento en que pudiera tenerlas a su disposición; también, en la perspectiva en que se encontraban ambos, él pudo observar , de perfil, la suave y pronunciada curvatura de sus de sus bien dotados senos que desafiando altivamente la gravedad se erguían provocadores a tan escrutadoras miradas; pudo ver, también, porque la falda del traje llegaba arriba de las rodillas, las bien torneadas pantorrillas que partían de dos lindos y pequeños pies enfundados en suaves y graciosas zapatillas de piel de ante y unidas a dos sensuales y macizas piernas que se atisbaban apenas bajo dicha falda; observó con deleite las gráciles y pequeñas manos blancas con sus uñas bien cuidadas y no se le escapó, al examen, su plano abdomen y , entonces, ante la vista de todo lo antes expuesto sintió un impulso sensual que le llegó hasta la base misma de sus testículos proporcionándole una agradable erección involuntaria que procuró controlar al tiempo que avanzaba hasta el lugar mismo en que ella se encontraba.
Sin previo aviso se aproximó hasta estar frente a frente con ella y, mirándola fijamente a los ojos sin parpadear, le dijo con voz seductora:
- Tienes los ojos más hermosos que he visto en mi vida ¡permíteme besarlos!
La bella se sonrojó al tiempo que paseaba su mirada, discretamente, por el individuo que tenía frente a sí pareciendo sopesar, calmosamente, lo que habría de hacer a continuación. Una leve y sutil sonrisa se dibujó en su agraciado rostro dándole el toque de una diosa terrenal que hizo subir la temperatura corporal del endiablado Lobito. Ella contestó, con la más melodiosa y sensual voz que ser humano pueda imaginarse:
-¿Sólo mis ojos?
El tierno lobo, por un momento, anonadado por la súbita e inesperada respuesta, no supo que decir pero, rehaciéndose rápidamente e intentado no perder el control de la situación, repuso:
-Eso sería suficiente para subir al cielo pero no puedo aceptar que me conformaría después de ver lo que he visto.
Pensó que tendría que aplazar el momento del goce supremo, que ya imaginaba suyo, teniendo que hacer labor y llevarla primero a un restaurante a cenar y a bailar y cosas de ese estilo para aflojar la tensión y romper el hielo que se forma entre dos recién conocidos… pensó en la pérdida de tiempo que significaba, en esos álgidos momentos, el tener que trabar una serie de largas conversaciones acerca de tópicos sin interés tendientes a conocer datos mutuos de la vida de ambos ya que su impaciencia por tenerla rendida entre sus brazos se acrecentaba a cada segundo que transcurría. Sin embargo, por enésima vez, la buena estrella del lobo apareció en la voz musical de la gentil dama allanándole el camino y facilitándole las cosas:
-Podrías invitarme una copa en un lugar en donde no haya miradas indiscretas…
Eso era todo lo que esperaba el disoluto individuo para acelerar el proceso e ir directo al meollo del asunto o, como su abuelito bien decía: “a lo que te truje Chencha” y, como hombre práctico que era, ya se relamía los bigotes de gusto ante el inevitable encontronazo sexual que se avecinaba. En ese momento rememoró la frase que había leído en el perfil de la bella en el citado portal de internet: “Soy una pervertida y me encanta…” llegando a la conclusión de que a la chicuela estarían ya “quemándosele las habas” por estar a solas con él y no perdiendo el tiempo en amabilidades que no iban con su personalidad directa y, más aún, siendo licenciada en economía debía economizar el tiempo cosa que agradaba al libertino individuo pues así la tendría en sus manos prontamente. Lo que no acertaba a comprender era que, siendo una economista, diera muestras de tal derroche porque sus dos prominencias traseras no hablaban, precisamente, de economías pues estaban tan frondosas y tan bien proporcionadas que, en vivo y a todo color, lucían todavía más fantásticas que en la foto de su avatar y eso que aún las miraba cubiertas por la ajustada falda que hacían de ello un espectáculo digno de ver y aprobar por el más desenfrenado conocedor de hembras de verdad.
Con un ademán la invitó a subir a su auto y, abriendo la portezuela galantemente, mientras ella subía, pudo observar las casi perfectas formas de su cuerpo y, al momento, sintió una agradable punzada en la entrepierna que anticipaba los goces que ya veía venir. Rodeó el carro acomodándose el paquete para que no le estorbara al sentarse en el asiento del conductor pues tal era la excitación que sentía por la hermosa mujer que llevaba a bordo. Esto le hizo recordar las sabias palabras que un experto en sexualidad cierta ocasión le dijo: “no se debe llegar caliente a la cama” y, esta vez, no pudiendo evitarlo se consoló con el pensamiento de que su control mental siempre lo había sacado de apuros. Hizo girar la llave del encendido al tiempo que se cerraban, automáticamente, los seguros de las puertas. Antes de abandonar el aparcamiento tuvo la suficiente lucidez de verificar a través de los espejos que nadie los seguía pues la noche había caído sobre la urbe más grande del mundo y era cómplice de las deliciosas maquinaciones del malvado lobo; así que, para evitar cualquier eventualidad, tomó un camino distinto al de su cabaña haciendo un largo rodeo, atisbando siempre por los espejos, para, finalmente tomar el rumbo correcto de su meta. Marce se mantuvo callada el tiempo que duró el trayecto cosa que le sorprendió grandemente porque en el chat no paraba de hablar como toda linda mujercita. No se preguntaron sus nombres puesto que ya los sabían, no se cuestionaron de dónde eran oriundos porque también estaban enterados, no indagaron otras cuestiones, tal vez, porque estaban ambos demasiado ocupados en pensar sobre lo que debería ocurrir en seguida… únicamente el lobo pronunció frases que a ella le gustaba oír en el susodicho portal de Internet mientras ella escuchaba atentamente y con los ojos muy abiertos las locuras que salían de la boca del malhadado sujeto esbozando una ligera sonrisa de diversión y estupor pues él le decía que la conocía desde mucho antes de verla físicamente… ella le sonreía y callaba.
Arribaron al parqueadero del edificio cuando las sombras de la noche ya se habían apoderado de la metrópoli, estacionó el coche y, muy solícito, bajó rápidamente y le abrió la puerta tendiéndole la mano galantemente. Ella se apeó e irguió su imponente belleza de mujer en sazón arrancando una exclamación de arrobo al Lobito. Se encaminaron tomados del brazo hacia la entrada del edificio y él la condujo hacia el ascensor; tuvieron que esperar unos segundos antes de que se abriera la puerta de éste y bajaran cuatro sujetos que miraron descaradamente a la guapa mujer haciendo, al alejarse, comentarios sobre la hermosura física de la chica. No se incomodó pues le halagaba el que los vecinos del edificio lo vieran con aquel monumento de mujer. En ese instante tuvo la ocurrencia de decirle a la chica que el elevador no funcionaba correctamente y que, por consiguiente, era arriesgado utilizarlo antes de que vinieran los técnicos a revisarlo. Instó a Marce a usar la escalera para subir a su departamento y se dirigieron hacia ella. La estratagema funcionó de maravilla pues al ser la escalera angosta ella fue delante y nuestro impetuoso personaje pudo admirar la parte posterior de la dama mientras ésta salvaba peldaño a peldaño la larga escalinata. Se regocijó con la vista de los atributos posteriores que sólo había observado en la foto de su avatar en el sitio de Internet y, a la vez, aprobaba y daba crédito a la cámara que había captado tan soberbia imagen pero, en su opinión, si se podía, estaba de acuerdo en que, mirar en persona las tales prominencias traseras, era una cuestión más contundente y sublime que la imagen antes aludida. Descaradamente veía las macizas piernas enfundadas en medias negras moviéndose a tan cercana distancia que, tal panorama, aceleró el corazón del concupiscente lobo…
CONTINUARÁ...
Mandar a un amigo
6 febrero 2010
| 1. Autor: | Escrito: 06.02.2010 05:41 / Comentario:
LOBITO MIS MAS SINCERAS FELICITACIONES, POR ESE RECUENTO TAN EXPECTACULAR, ERES UN ESCRITOR DELOS MEJORES, LEYENDO ME HIZO VIAJAR Y VIVIR ESE ENCUENTRO AL LADO DE USTEDES. ESPERO ALGUN DIA PODER LEER UN LIBRO QUE HAYAS ESCRITO.
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| 2. Autor: | Escrito: 06.02.2010 05:42 / Comentario:
ESPERARE LA CONTINUACION.
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| 3. Autor: | Escrito: 06.02.2010 07:21 / Comentario:
VA EXCELENTE!!! ME ENCANTA!!! YA QUIERO SABER COMO RELATARAS LO QUE SIGUE. |
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| 4. Autor: | Escrito: 06.02.2010 08:04 / Comentario:
MMMMMmmmm,
lobito, libertino, calenturiento, con control mental, plagado de devaneos amorosos, y ahora con "soy una pervertida y me encanta...." estare esperando la continuacion por este medio.. |
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| 5. Autor: | Escrito: 06.02.2010 08:09 / Comentario:
Un momentoooooo...
MARCEEEEEEE... Si tu no sabes que es lo que sigue entonces con quien estubo el lobito calenturiento... si no fue con la abuelita de seguro fue con el leñador por que al inicio mensiona varias posibilidades de los encuentros a ciegas de citas atraves del chat |
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| 6. Autor: | Escrito: 06.02.2010 09:13 / Comentario:
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| 7. Autor: | Escrito: 06.02.2010 10:26 / Comentario:
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| 8. Autor: | Escrito: 06.02.2010 20:15 / Comentario:
Lobito insisto, eres el Corin Tellado versión porno, pero fuera de joda ¡¡¡¡EXCELENTE RELATO!!!!
¿cuando la segunda parte? |
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| 9. Autor: | Escrito: 06.02.2010 22:50 / Comentario:
"Marce se mantuvo callada el tiempo que duró el trayecto cosa que le sorprendió grandemente porque en el chat no paraba de hablar como toda linda mujercita."
jajajaj exelente!! lo demás |
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| 10. Autor: | Escrito: 11.02.2010 05:46 / Comentario:
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| 11. Autor: | Escrito: 11.02.2010 08:44 / Comentario:
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| 12. Autor: | Escrito: 16.02.2010 00:38 / Comentario:
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| 13. Autor: | Escrito: 16.02.2010 00:40 / Comentario:
O HABRA TERCERA PARTE????????????????
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| 14. Autor: | Escrito: 17.02.2010 16:51 / Comentario:
LOBITO GARCIAMARQUIANO, ESTA NARRATIVA ME PONE NO SOLO LOS PELOS DE PUNTA, EL SOLO IMAGINAR CON TODAS LAS DESCRIPCIONES QUE DAS ME HACE PENSAR QUE FUE VERDAD Y SIENTO ENVIDIA, ESO SÍ ENVIDIA DE LA SANA.
NO ALCANZO A IMAGINAR CUALES SERÁN LAS PALABRAS DE MARCE AL PREGUNTARLE A TREMENDO LOBO "Y PARA |
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| 15. Autor: | Escrito: 17.02.2010 16:53 / Comentario:
" Y PARA QUÉ TIENES ESA ...... TAN GRANDE??"
FASCINANTE LOBITO, ESPERARÉ PACIENTEMENTE LA CONTINUACIÓN A LA TAL VISITA. FELICITACIONES |
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| 16. Autor: | Escrito: 18.02.2010 21:27 / Comentario:
¡¡¡¡vamos Lobito!!!!! ¿hasta cuando debemos esperar la segunda parte? estoy por creer que Marce se fue y no pasó nada de nada
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| 17. Autor: | Escrito: 20.02.2010 21:50 / Comentario:
AYYY LOBITO NOS TIENES EN UNA INTENSA ESPERA, NO SEA LO QUE PREDICE CRUZADO. JJAJAJA MEJOR ESPERO LAS PALABRAS DE MARCE EN TU RELATO................ESPERA ESPERANZA!!!!!
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| 18. Autor: | Escrito: 20.02.2010 22:45 / Comentario:
QUE PASO CON LA CONTINUACION LOBITO.
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| 19. Autor: | Escrito: 23.02.2010 03:31 / Comentario:
creo que el lobito no se a puesto de acuerdo aun con marce,
para escribir la segunda parte, |
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| 20. Autor: | Escrito: 02.03.2010 15:20 / Comentario:
Bueno bueno,,,,,,,,,,,,aunque por el momento no pueda saber mas ..........felicito tu don de argumentar,,,,,,,,sobre lo fisico me tendras que explicar un poco mas,,,,,lobito
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| 21. Autor: | Escrito: 05.03.2010 02:52 / Comentario:
YA LOBITO ME CAE QUE TE DOY UNA LANA PERO POS, YA TERMINA EL RELATO NO?
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| 22. Autor: | Escrito: 08.03.2010 03:54 / Comentario:
jajajaj no lo habia leido pero me a gustao mucho
me gusto tu descripsion de ti al empezar ,qui yo soy muy perceptivo y asi es como veo en el mundo me dio mucha envidia el relato de la buena eso si |
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| 23. Autor: | Escrito: 08.03.2010 03:55 / Comentario:
pero esta toa la gente reclamando por la segunda parte
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| 24. Autor: | Escrito: 08.03.2010 03:57 / Comentario:
pulgas marci no hay nada que se pueda hacer contra el poder de tu tanguita |
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| 25. Autor: | Escrito: 13.03.2010 22:54 / Comentario:
TA'S TURULATO, PELAO...
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