Dedicado para ADICTA, la recién nombrada reina de ZIZA.ES, con respeto y cariño.
Como no encuentro la forma de cargar las imágenes citadas los remito a la página en la cual me inspiré y es: en la sección CHICAS del 16 de octubre de 2009 con el tema OJOS AZULES, BRAGUITAS ROSAS. Por su atención, mil gracias.
OJOS AZULES, BRAGUITAS ROSAS
Mujer de extraordinaria belleza que, con tu azul mirada, hechizas mi corazón y arrobas mis sentidos mientras te mueves con seguridad y destreza ante la cámara indiscreta que va capturando tu excelsa hermosura en candentes y eróticas imágenes que, a medida que van desfilando ante mis incrédulos ojos, van excitando mis sentidos con la despiadada sensualidad que brota de cada uno de los poros de tu cuerpo perfecto. Mi mente divaga por momentos y en un instante estoy delante tuyo con los ojos muy abiertos para no perder ningún detalle de tus movimientos y miro extasiado (foto 1) tu magnífica estampa de mujer en pleno sazón con esas braguitas rosas que acrecentan, si aún se puede, tu sexy anatomía.
Me ves sin ofenderte por mi insistencia al mirarte y, por el contrario, adoptas una estudiada pose para animarme a estar más cerca de ti. Tus lindos ojos azules parecen hablar y decirme que he encontrado en ti la aprobación para apoderarme de todos los encantos expuestos a mis febriles miradas de deseo, las cuales, en ningún momento puedo ni quiero ocultar. Observo, maravillado, la perfección de tus rasgos faciales: la perfecta línea de tus cejas, tus adorables ojos, tus carnosos y sensuales labios, tu recta nariz y tu precioso mentón todo ello enmarcado por tu espléndida cabellera rubia y que parece invitar, no sólo al placer de la contemplación que, en sí misma, parecería suficiente para cualquier osado mortal que haya tenido la dicha y el privilegio de poder mirarte de cerca, sino, más aún, llegar a rozar esa delicada y tersa piel que parece haber sido hecha para placeres más allá del plano terrenal. Y, como la mera contemplación no es para un hombre como yo, me voy acercando, lenta e inexorablemente al puerto en que he marcado mi destino en este afortunado día en que pienso conocerte a fondo, mi bella chica de los ojos azules y las braguitas rosas.
Mientras acorto la distancia que nos separa voy desanudando mi corbata y desabotonando mi camisa al tiempo que lanzo a un lado el estorboso saco y dejo al descubierto mi amplio y poderoso tórax que miras y apruebas con una leve pero significativa sonrisa (foto 11) de complicidad y aquiescencia a mis resueltos movimientos que culminarán, en unos segundos, a nuestra total cercanía que habrá de prodigarnos placeres inefables que ya esperamos con ansias adelantándonos a los acontecimientos mismos.
Si bien en las primeras miradas he descubierto un rostro sin igual, también he podido ver (foto 1) tu exquisito cuerpo de diosa y disfrutar la vista de una entrepierna tan sensual que se atisba a través de las braguitas rosas. Puedo ver el bello promontorio que forma tu angelical monte de Venus y, puedo ver también, el extraordinario color de tu bronceada y atezada piel que me insta a proseguir con mis agitados devaneos. No conforme con mostrarme algunos de tus delirantes atributos femeninos te das vuelta, sin dejar de mirarme, y muestras tu exquisita espalda y tus redondeados glúteos que lucen, en toda su magnificencia las ya mencionadas braguitas rosas que hacen resaltar la lindura de tan apetecibles partes.
Termino de quitarme la camisa y la camiseta quedando con el torso completamente desnudo comenzando a desabrochar el cinturón que ciñe mi plano y duro abdomen al tiempo que bajo el zíper del pantalón y, descalzándome, lo dejo caer para quedar con sólo la trusa que no tardo en quitar también junto con los calcetines. Tú observas mis movimientos sin perder detalle (foto 12) y me dejas ver una blanca hilera de hermosos dientes que alientan mis acciones. Me acerco a ti, decidida y completamente desnudo, enarbolando mi instrumento sexual totalmente rígido y apuntando al cielo y, por un instante, temo tu rechazo, al ver cambiar la expresión de tu lindo rostro (fotos 13, 14 y 15) que, aunque cambias de posiciones provocativamente se ha tornado, por momentos, un tanto serio. Dudo pero avanzo hacia ti al ver tu dulce carita (foto 16) sonriendo e invitándome a seguir. Veo un bonito piercing en tu ombligo y una especie de raro tatuaje en tu monte de Venus que, mi mente calenturienta, hace parecer un pequeño lobo dibujado en tan íntima parte, como si la bella mujer supiera de antemano que Lobito habría de salir de su guarida para atacarla y quisiera ella corresponder con un pequeño detalle dedicado a tan despiadada bestia del bosque.
Ahora el lobo ha visto todo lo que la dama puede brindarle para su placer pues ella se ha quitado el sostén y dejado en libertad un suculento par de senos que, prestamente y sin dilación, se apresura a tomar en sus manos y a aplicar sus sedientos labios en una maniobra tan sagaz como oportuna pues la chica, dejando todo en manos de su asaltante cierra sus preciosos ojos azules y se apresta a disfrutar con los movimientos de éste. Puesto que el lobo soy yo, recorro con mis manos y mi desaforada lengua sus pechos una y otra vez mientras ella se retuerce de placer, voy hacia su adorable cuello y allí me demoro lamiendo y succionando sin prisas a uno y a otro lado. Ahora yergo mi cuerpo (foto 16 aún) e introduzco suavemente mi enardecida lengua en su tibia boca y me solazo por largo tiempo en la libación de las mieles de este placer sublime, al tiempo que la tomo por la cintura acercándola hacia mí para que pueda sentir mi envarada arma amenazando sus tiernas partes íntimas y yo, por mi parte, sin dejar de besarla lúbricamente, siento sus magníficas tetas oprimidas contra mi amplio tórax que no deja de prodigarle deleite a la preciosa mujer. Largo tiempo paso en estos menesteres recorriendo su espalda de arriba abajo y viceversa una y otra y otra vez y, por momentos bajando las manos hasta sus abultadas nalgas que hacen que mi pene se estremezca en cortos espasmos que recorren toda mi piel.
Ahora la pequeñuela está lista y completamente lubricada para poder intentar la consabida penetración que habrá de dispensarnos el mayor placer a ambos mientras mi erguido miembro exuda ya algunas gotas de líquido seminal que anuncian el buen trabajo que se ha llevado a cabo hasta ese momento. Decido penetrarla de espaldas aprovechando el ventanal que le servirá a la bella damisela para sostenerse mientras, desde atrás, observo el lujuriante panorama que se ofrece a mi vista: ella con sus dos manitas ha bajado las bonitas bragas rosas dejando, a mi entera disposición, su hermoso trasero, sus largas piernas, su bella espalda y por delante, a mi alcance, sus dos turgentes y grandes pechos (foto 17). La preciosa mujer de los ojos azules ahora separa sus piernas y puedo atisbar la caliente abertura que, más que invitarme parece exigirme con impaciencia la consumación del acto que habrá de llevarme, en compañía de la hermosa sílfide, a conocer la plenitud de los placeres terrenales que, en esas instancias, se han de confundir con los goces del paraíso.
Después de besar su cálido trasero y recorrerlo, amén de sus piernas y su espalda, con mi húmeda lengua y mis incansables manos tomo en una de ellas el henchido miembro viril, lo sacudo varias veces que, a mi vista, parece agrandarse y engrosarse todavía más y lo dirijo hacia el lugar entre las dos lomas que forman tan apetecible culo. No es necesario quitar completamente las braguitas rosas, las dejo tal cual ella ha decidido (foto 17) y empujando hacia adelante inserto, lentamente, el tumefacto ariete, ella arquea la espalda apoyando los brazos en el borde del ventanal para darme un ángulo más apropiado para la introducción de la inmensa verga en tan estrecha pero tan bien lubricada hendidura. Empujo gentilmente, ella separa más sus piernas, los dos estamos enfebrecidos de ardor, puedo sentir como sus labios exteriores de su vulva van cediendo paso a mi pene. La tomo por la cintura y la atraigo lentamente hacia mí, sus músculos vaginales se relajan y, así, puedo penetrar un poco más cada vez. La tarea no es fácil pues la desproporción es evidente, sin embargo, el trabajo está a la mitad. Sí, estoy enterrado en ella a medias y sigo luchando por abrirme paso cada vez más adentro. Retrocedo un poco sólo para, después, empujar más y ganar otro centímetro, vuelvo a retroceder y empujo, ella aguanta estoicamente, no se queja, al contrario emite grititos y gemidos que exacerban mis sentidos. Voy ganando terreno poco a poco pues el canal vaginal es angosto y presenta dificultades. Dificultades que antes de ser contrarias a nuestra pasión aumentan nuestros goces que cada vez van siendo más intensos. La jalo con mis manos hacia mí a la vez que adelanto mi pelvis en un movimiento firme y decidido y, por fin, tras un grito de dolor y placer de la linda criatura, siento mi polla completamente hundida en el cuerpo de ella. Jalo todavía más y empujo al mismo tiempo para que la dama se sienta completamente empalada y perciba enteramente lleno su canal de placer. Acaricio suavemente sus piernas, paso mis manos por toda la superficie de su piel que está a mi alcance, incluso masajeo diestramente sus colgantes pechos sin dejar de sentirme cómodamente alojado en su vagina y disfrutando del estrecho abrazo que ésta dispensa a mi grueso y dilatado pene.
La posición, por sí sola, es propicia para los más desenfrenados y lujuriosos pensamientos (no dejen de ver y disfrutar mis queridos cuatro lectores de la estupenda vista que ofrece la foto 17 en que se observan unas nalgas impresionantes con unas líneas que parten desde la cintura y acaban formando unas redondeces rematadas, en claroscuro, por la suave rendija de la maravillosa chica, además de lo excitante que es ver las braguitas rosas bajadas a medias, por ella misma) así que, di rienda suelta a mis más infames ideas y; tocando, pensando y penetrando me sentí invadido por una oleada de voluptuosidad como no había sentido hasta entonces. Llamé a toda mi concentración y control de mis sentidos para prolongar hasta el máximo el excitante juego, pensando en mí deleite propio y en el de la adorable mujer. Así que, estando empotrado en el húmedo y estrecho receptáculo de amor, comencé a moverme de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, haciendo pausas a propósito para que la linda niña disfrutara de tan melifluo divertimento. Salí y entré en ella infinidad de veces sintiendo a cada embestida cómo se henchían mis venas y éstas derramaban placer a todo lo largo y ancho de mi ser.
Entré y salí por enésima vez y los placeres para los dos combatientes fueron tan excelsos que es imposible describirlos con palabras en una hoja de papel. Entré y ella sintió cómo su rajita se ensanchaba proporcionándole goces inefables. Salí de ella y sentí cómo su gruta se relajaba al abandonar el grueso pene su tibia guarida. Entré y salí… volví a entrar y volví a salir…, una y otra y otra y otra vez… Ella se sostenía y arañaba el antepecho de la ventana, se desesperaba y gemía mientras yo respiraba cada vez más aceleradamente; ella , en un momento dado, gritaba y pedía que los movimientos fueran más rápidos. Yo sentía que mi placer llegaba a la cúspide y sabía que tenía que esperar a que ella llegara primero. Respiraba profundamente y empujaba y retrocedía; la fricción era demencial, teníamos que acabar y llegar juntos al paraíso prometido. Por fin, ella emitió un grito desgarrador anunciándome que su placer estaba en el clímax. Entré y salí una vez más y, sintiendo mi placer llegar al extremo, enterré toda mi ardiente vara hasta el fondo y descargué en sus entrañas el semen contenido en mis testículos que sentí salir a borbotones e inundar su juvenil matriz llenándonos del placer indescriptible de los orgasmos simultáneos de un hombre y una mujer que habían canalizado todos sus esfuerzos para la consecución de tal fin.
Desfallecidos, caímos al suelo todavía entrelazados nuestros cuerpos. El semen resbalaba piernas abajo de su caliente vaina. El suelo estaba frío y extrañé la suavidad de mi alfombra persa que un día compré a un mercader ambulante por un precio irrisorio y que tenía en gran estima en la cabaña que yo construí con mis propias manos en medio del inmenso y lujuriante bosque. Abracé tiernamente a la bella de los ojos azules y braguitas color de rosa y le prodigué besos y caricias por largo tiempo mientras ella permanecía lánguidamente en mis brazos tratando de recuperar fuerzas para la batalla que tendría lugar luego de descansar un rato pues mi mente no cejaba de pensar en el pequeño esfínter que había observado y que deseaba aprovechar esa misma noche antes de que cantara el gallo…
Como no encuentro la forma de cargar las imágenes citadas los remito a la página en la cual me inspiré y es: en la sección CHICAS del 16 de octubre de 2009 con el tema OJOS AZULES, BRAGUITAS ROSAS. Por su atención, mil gracias.
OJOS AZULES, BRAGUITAS ROSAS
Mujer de extraordinaria belleza que, con tu azul mirada, hechizas mi corazón y arrobas mis sentidos mientras te mueves con seguridad y destreza ante la cámara indiscreta que va capturando tu excelsa hermosura en candentes y eróticas imágenes que, a medida que van desfilando ante mis incrédulos ojos, van excitando mis sentidos con la despiadada sensualidad que brota de cada uno de los poros de tu cuerpo perfecto. Mi mente divaga por momentos y en un instante estoy delante tuyo con los ojos muy abiertos para no perder ningún detalle de tus movimientos y miro extasiado (foto 1) tu magnífica estampa de mujer en pleno sazón con esas braguitas rosas que acrecentan, si aún se puede, tu sexy anatomía.
Me ves sin ofenderte por mi insistencia al mirarte y, por el contrario, adoptas una estudiada pose para animarme a estar más cerca de ti. Tus lindos ojos azules parecen hablar y decirme que he encontrado en ti la aprobación para apoderarme de todos los encantos expuestos a mis febriles miradas de deseo, las cuales, en ningún momento puedo ni quiero ocultar. Observo, maravillado, la perfección de tus rasgos faciales: la perfecta línea de tus cejas, tus adorables ojos, tus carnosos y sensuales labios, tu recta nariz y tu precioso mentón todo ello enmarcado por tu espléndida cabellera rubia y que parece invitar, no sólo al placer de la contemplación que, en sí misma, parecería suficiente para cualquier osado mortal que haya tenido la dicha y el privilegio de poder mirarte de cerca, sino, más aún, llegar a rozar esa delicada y tersa piel que parece haber sido hecha para placeres más allá del plano terrenal. Y, como la mera contemplación no es para un hombre como yo, me voy acercando, lenta e inexorablemente al puerto en que he marcado mi destino en este afortunado día en que pienso conocerte a fondo, mi bella chica de los ojos azules y las braguitas rosas.
Mientras acorto la distancia que nos separa voy desanudando mi corbata y desabotonando mi camisa al tiempo que lanzo a un lado el estorboso saco y dejo al descubierto mi amplio y poderoso tórax que miras y apruebas con una leve pero significativa sonrisa (foto 11) de complicidad y aquiescencia a mis resueltos movimientos que culminarán, en unos segundos, a nuestra total cercanía que habrá de prodigarnos placeres inefables que ya esperamos con ansias adelantándonos a los acontecimientos mismos.
Si bien en las primeras miradas he descubierto un rostro sin igual, también he podido ver (foto 1) tu exquisito cuerpo de diosa y disfrutar la vista de una entrepierna tan sensual que se atisba a través de las braguitas rosas. Puedo ver el bello promontorio que forma tu angelical monte de Venus y, puedo ver también, el extraordinario color de tu bronceada y atezada piel que me insta a proseguir con mis agitados devaneos. No conforme con mostrarme algunos de tus delirantes atributos femeninos te das vuelta, sin dejar de mirarme, y muestras tu exquisita espalda y tus redondeados glúteos que lucen, en toda su magnificencia las ya mencionadas braguitas rosas que hacen resaltar la lindura de tan apetecibles partes.
Termino de quitarme la camisa y la camiseta quedando con el torso completamente desnudo comenzando a desabrochar el cinturón que ciñe mi plano y duro abdomen al tiempo que bajo el zíper del pantalón y, descalzándome, lo dejo caer para quedar con sólo la trusa que no tardo en quitar también junto con los calcetines. Tú observas mis movimientos sin perder detalle (foto 12) y me dejas ver una blanca hilera de hermosos dientes que alientan mis acciones. Me acerco a ti, decidida y completamente desnudo, enarbolando mi instrumento sexual totalmente rígido y apuntando al cielo y, por un instante, temo tu rechazo, al ver cambiar la expresión de tu lindo rostro (fotos 13, 14 y 15) que, aunque cambias de posiciones provocativamente se ha tornado, por momentos, un tanto serio. Dudo pero avanzo hacia ti al ver tu dulce carita (foto 16) sonriendo e invitándome a seguir. Veo un bonito piercing en tu ombligo y una especie de raro tatuaje en tu monte de Venus que, mi mente calenturienta, hace parecer un pequeño lobo dibujado en tan íntima parte, como si la bella mujer supiera de antemano que Lobito habría de salir de su guarida para atacarla y quisiera ella corresponder con un pequeño detalle dedicado a tan despiadada bestia del bosque.
Ahora el lobo ha visto todo lo que la dama puede brindarle para su placer pues ella se ha quitado el sostén y dejado en libertad un suculento par de senos que, prestamente y sin dilación, se apresura a tomar en sus manos y a aplicar sus sedientos labios en una maniobra tan sagaz como oportuna pues la chica, dejando todo en manos de su asaltante cierra sus preciosos ojos azules y se apresta a disfrutar con los movimientos de éste. Puesto que el lobo soy yo, recorro con mis manos y mi desaforada lengua sus pechos una y otra vez mientras ella se retuerce de placer, voy hacia su adorable cuello y allí me demoro lamiendo y succionando sin prisas a uno y a otro lado. Ahora yergo mi cuerpo (foto 16 aún) e introduzco suavemente mi enardecida lengua en su tibia boca y me solazo por largo tiempo en la libación de las mieles de este placer sublime, al tiempo que la tomo por la cintura acercándola hacia mí para que pueda sentir mi envarada arma amenazando sus tiernas partes íntimas y yo, por mi parte, sin dejar de besarla lúbricamente, siento sus magníficas tetas oprimidas contra mi amplio tórax que no deja de prodigarle deleite a la preciosa mujer. Largo tiempo paso en estos menesteres recorriendo su espalda de arriba abajo y viceversa una y otra y otra vez y, por momentos bajando las manos hasta sus abultadas nalgas que hacen que mi pene se estremezca en cortos espasmos que recorren toda mi piel.
Ahora la pequeñuela está lista y completamente lubricada para poder intentar la consabida penetración que habrá de dispensarnos el mayor placer a ambos mientras mi erguido miembro exuda ya algunas gotas de líquido seminal que anuncian el buen trabajo que se ha llevado a cabo hasta ese momento. Decido penetrarla de espaldas aprovechando el ventanal que le servirá a la bella damisela para sostenerse mientras, desde atrás, observo el lujuriante panorama que se ofrece a mi vista: ella con sus dos manitas ha bajado las bonitas bragas rosas dejando, a mi entera disposición, su hermoso trasero, sus largas piernas, su bella espalda y por delante, a mi alcance, sus dos turgentes y grandes pechos (foto 17). La preciosa mujer de los ojos azules ahora separa sus piernas y puedo atisbar la caliente abertura que, más que invitarme parece exigirme con impaciencia la consumación del acto que habrá de llevarme, en compañía de la hermosa sílfide, a conocer la plenitud de los placeres terrenales que, en esas instancias, se han de confundir con los goces del paraíso.
Después de besar su cálido trasero y recorrerlo, amén de sus piernas y su espalda, con mi húmeda lengua y mis incansables manos tomo en una de ellas el henchido miembro viril, lo sacudo varias veces que, a mi vista, parece agrandarse y engrosarse todavía más y lo dirijo hacia el lugar entre las dos lomas que forman tan apetecible culo. No es necesario quitar completamente las braguitas rosas, las dejo tal cual ella ha decidido (foto 17) y empujando hacia adelante inserto, lentamente, el tumefacto ariete, ella arquea la espalda apoyando los brazos en el borde del ventanal para darme un ángulo más apropiado para la introducción de la inmensa verga en tan estrecha pero tan bien lubricada hendidura. Empujo gentilmente, ella separa más sus piernas, los dos estamos enfebrecidos de ardor, puedo sentir como sus labios exteriores de su vulva van cediendo paso a mi pene. La tomo por la cintura y la atraigo lentamente hacia mí, sus músculos vaginales se relajan y, así, puedo penetrar un poco más cada vez. La tarea no es fácil pues la desproporción es evidente, sin embargo, el trabajo está a la mitad. Sí, estoy enterrado en ella a medias y sigo luchando por abrirme paso cada vez más adentro. Retrocedo un poco sólo para, después, empujar más y ganar otro centímetro, vuelvo a retroceder y empujo, ella aguanta estoicamente, no se queja, al contrario emite grititos y gemidos que exacerban mis sentidos. Voy ganando terreno poco a poco pues el canal vaginal es angosto y presenta dificultades. Dificultades que antes de ser contrarias a nuestra pasión aumentan nuestros goces que cada vez van siendo más intensos. La jalo con mis manos hacia mí a la vez que adelanto mi pelvis en un movimiento firme y decidido y, por fin, tras un grito de dolor y placer de la linda criatura, siento mi polla completamente hundida en el cuerpo de ella. Jalo todavía más y empujo al mismo tiempo para que la dama se sienta completamente empalada y perciba enteramente lleno su canal de placer. Acaricio suavemente sus piernas, paso mis manos por toda la superficie de su piel que está a mi alcance, incluso masajeo diestramente sus colgantes pechos sin dejar de sentirme cómodamente alojado en su vagina y disfrutando del estrecho abrazo que ésta dispensa a mi grueso y dilatado pene.
La posición, por sí sola, es propicia para los más desenfrenados y lujuriosos pensamientos (no dejen de ver y disfrutar mis queridos cuatro lectores de la estupenda vista que ofrece la foto 17 en que se observan unas nalgas impresionantes con unas líneas que parten desde la cintura y acaban formando unas redondeces rematadas, en claroscuro, por la suave rendija de la maravillosa chica, además de lo excitante que es ver las braguitas rosas bajadas a medias, por ella misma) así que, di rienda suelta a mis más infames ideas y; tocando, pensando y penetrando me sentí invadido por una oleada de voluptuosidad como no había sentido hasta entonces. Llamé a toda mi concentración y control de mis sentidos para prolongar hasta el máximo el excitante juego, pensando en mí deleite propio y en el de la adorable mujer. Así que, estando empotrado en el húmedo y estrecho receptáculo de amor, comencé a moverme de adentro hacia afuera y de afuera hacia adentro, haciendo pausas a propósito para que la linda niña disfrutara de tan melifluo divertimento. Salí y entré en ella infinidad de veces sintiendo a cada embestida cómo se henchían mis venas y éstas derramaban placer a todo lo largo y ancho de mi ser.
Entré y salí por enésima vez y los placeres para los dos combatientes fueron tan excelsos que es imposible describirlos con palabras en una hoja de papel. Entré y ella sintió cómo su rajita se ensanchaba proporcionándole goces inefables. Salí de ella y sentí cómo su gruta se relajaba al abandonar el grueso pene su tibia guarida. Entré y salí… volví a entrar y volví a salir…, una y otra y otra y otra vez… Ella se sostenía y arañaba el antepecho de la ventana, se desesperaba y gemía mientras yo respiraba cada vez más aceleradamente; ella , en un momento dado, gritaba y pedía que los movimientos fueran más rápidos. Yo sentía que mi placer llegaba a la cúspide y sabía que tenía que esperar a que ella llegara primero. Respiraba profundamente y empujaba y retrocedía; la fricción era demencial, teníamos que acabar y llegar juntos al paraíso prometido. Por fin, ella emitió un grito desgarrador anunciándome que su placer estaba en el clímax. Entré y salí una vez más y, sintiendo mi placer llegar al extremo, enterré toda mi ardiente vara hasta el fondo y descargué en sus entrañas el semen contenido en mis testículos que sentí salir a borbotones e inundar su juvenil matriz llenándonos del placer indescriptible de los orgasmos simultáneos de un hombre y una mujer que habían canalizado todos sus esfuerzos para la consecución de tal fin.
Desfallecidos, caímos al suelo todavía entrelazados nuestros cuerpos. El semen resbalaba piernas abajo de su caliente vaina. El suelo estaba frío y extrañé la suavidad de mi alfombra persa que un día compré a un mercader ambulante por un precio irrisorio y que tenía en gran estima en la cabaña que yo construí con mis propias manos en medio del inmenso y lujuriante bosque. Abracé tiernamente a la bella de los ojos azules y braguitas color de rosa y le prodigué besos y caricias por largo tiempo mientras ella permanecía lánguidamente en mis brazos tratando de recuperar fuerzas para la batalla que tendría lugar luego de descansar un rato pues mi mente no cejaba de pensar en el pequeño esfínter que había observado y que deseaba aprovechar esa misma noche antes de que cantara el gallo…
Mandar a un amigo
17 enero 2010












